27 de octubre de 2011

Miguel Servet (1511-1553)


Cristoffel van Sichem "El Joven" (c.1546-1624). Retrato de Miguel Servet (1607)
Grabado en cobre
Biblioteca Nacional de París
Fuente: Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet

Tal día como hoy, 27 de octubre, pero del año 1553, quemaban vivo en la hoguera al teólogo y médico español Miguel Servet. No fue por haber descubierto la circulación pulmonar de la sangre, ni por su acerada crítica a los métodos terapéuticos de la época, ni por sus aficiones astrológicas, entonces tan en boga... A Miguel Servet no le quemaron por nada que tuviera que ver con su obra médica. Murió en la hoguera por sus creencias religiosas, en aquellos convulsos inicios de la Reforma Protestante y la Contrarreforma Católica, por mantener -con tozudez maña- su derecho a la libertad de pensamiento, de expresión y de conciencia.


Aunque hace menos de un mes, el pasado 29 de septiembre, con motivo del V Centenario de su nacimiento, le dedicamos una más elaborada entrada en TIEMPO PARA LA MEMORIA (que invito a visitar, en el enlace anterior) no he querido dejar de traer a este blog su retrato en la fecha que se cumple el aniversario de su muerte.


Se trata de un grabado en cobre, de gran calidad, realizado en 1607 (es decir, cincuenta y cuatro años después de la muerte de Servet, con toda probabilidad sin que el autor le hubiera conocido) por el holandés Cristoffel van Sichem "El Joven" (c.1546-1624). Un grabado que ha sido reproducido, interpretado y copiado en diversas ocasiones, por distintos autores; y que en ésta, su versión original, según la página web del Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet, y otras fuentes, se conserva en la Biblioteca Nacional de París.


El artista nos presenta a Servet de medio cuerpo, en actitud reflexiva y tranquila, aparentemente de pie en lo que parece ser una balconada, con una columna a su espalda. La mano derecha en el pecho y la izquierda sujetando un pequeño libro, probablemente aquel Christianismi Restitutio que le costó la vida. En la parte inferior, bajo la firma del autor, "Sichem fecit", una leyenda recuerda el origen del personaje grabado: "Michael Servetus Hispanus de Aragonia". Arriba, a la izquierda -según se mira el cuadro-, en el horizonte, contemplamos su cruel final.


Un buen ejemplo de retratos posteriores de Miguel Servet, basados en el grabado de van Sichem, es el que se halla en el Intituto de Educación Secundaria que lleva el nombre de aquél, en Zaragoza, pintado por Eugenio Ramos, que fue profesor del Centro. Lo encontramos, junto a una abundante iconografía (incluyendo un dibujo de Picasso, de 1904) en la ya citada página web del Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet.

Eugenio Ramos. Retrato de Miguel Servet (1936)
Óleo sobre lienzo. 130 x 96 cm.
Instituto de Educación Secundaria "Miguel Servet". Zaragoza
Fuente: Instituto de Estudios Sijenenses Miguel Servet


En mi opinión, este cuadro de Eugenio Ramos representa mejor que el grabado de van Sichem, en el que aparece demasiado envejecido, a un hombre de 42 años recién cumplidos, que son los que tenía Servet cuando murió en la hoguera.


Acabo, como siempre que puedo, con música. Bajo la dirección de Juan Luis Martínez, la joven Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Aragón (OSCSMA), interpreta la tercera parte "Pneuma: La Circulación Menor", compuesta por Tomás Virgós, de la obra creada para conmemorar el V Centenario del nacimiento de Miguel Servet: Servetis Anima.


Sirva esta entrada como un modesto homenaje más a la memoria de Miguel Servet, y como testimonio de adhesión personal a los principios y valores de la libertad de expresión y la libertad de conciencia.

OTROS ENLACES DE INTERÉS:

16 de octubre de 2011

El capitán médico Santiago Ramón y Cajal


Retrato del Capitán Médico Santiago Ramón y Cajal
Museo del Ejército. Toledo (España)

Estamos acostumbrados a ver la imagen de don Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) ya mayor, incluso anciano, con su característica alopecia hipocrática y su recortada barba, retratado por Sorolla (1906) o por Ricardo Madrazo, entre otros; y, sobre todo, a verle fotografiado en su laboratorio, trabajando con el microscopio. Por eso, sorprende encontrarle en este cuadro tan joven (veintidós años tendría, veintitrés a lo sumo), cuando todavía conservaba íntegra su cabellera y permanecía barbilampiño, vestido con uniforme militar.


El cuadro es propiedad del Museo del Ejército, que está en Toledo (España). Muestra a Cajal con uniforme de capitán del Cuerpo de Sanidad Militar, en lo que podría ser un botiquín de campaña, por los frascos con medicamentos que hay encima de la mesa. A su espalda, a través de la abertura de la tienda, se puede contemplar parte del paisaje de la manigua cubana, con un fortín militar. Cajal aparece de pie, en un retrato de más de medio cuerpo, mirando directamente hacia nosotros, con un libro entreabierto en su mano derecha. Sin duda, el cuadro es bastante posterior al momento histórico que representa. Ningún pintor hubiese retratado entonces, en Cuba, a aquel joven médico desconocido. Faltaban todavía treinta y dos años para que le concedieran el Premio Nobel, en 1906. Aunque firmado en su esquina inferior izquierda, no he sido capaz de averiguar quien es el autor en la imagen de la que dispongo, como tampoco conozco su fecha de realización ni las características técnicas del cuadro. Si alguien me pudiera informar de ello, le quedaría muy agradecido.


Cuando Santiago Ramón y Cajal se licenció en Medicina con 21 años de edad, en 1873, hacía poco que se había proclamado la Primera República Española. Con ella se había instaurado el servicio militar obligatorio. El recién licenciado en Medicina fue llamado a filas para formar parte de la conocida como "Quinta de Castelar", por el apellido del político gaditano, célebre por su oratoria, que primero ocupó la cartera de Estado y luego fue presidente del gobierno de la República, y que promulgó la Ley que ordenaba la obligatoriedad del servicio militar. Sus primeros meses, como soldado, los pasó Cajal en Zaragoza. Al poco, se convocaron oposiciones al Cuerpo de Sanidad Militar. Cajal las aprobó, obteniendo el número 6, entre 100 candidatos que se presentaron para 32 plazas. Ya como teniente, fue destinado al Regimiento de Burgos, acuartelado en Lérida, con la misión de defender los Llanos de Urgel en la Tercera Guerra Carlista. Para el militar idealista, que entonces era Ramón y Cajal, fue una desilusión no tener que intervenir en acción bélica alguna durante el tiempo que pasó en Cataluña. Por tanto, recibió encantado su destino a Cuba, en plena Guerra de los Diez Años, y el consiguiente ascenso a capitán que suponía el paso a ultramar. Allí se fue contento, pero con la franca oposición de su padre, don Justo Ramón Casasús. Eso sí, el bueno de don Justo se ocupó de conseguir para su hijo valiosas cartas de recomendación, con objeto de que tuviera en la isla el mejor destino posible. Como era preceptivo, para su aclimatación, el primer mes en la Gran Antilla lo pasó Cajal en La Habana, dedicado por entero a dos de sus muchas aficiones: la pintura y la fotografía. Le gustaba la pintura, el dibujo, desde niño. De hecho, esa era su gran vocación. A la fotografía se había aficionado durante sus últimos cursos en la Facultad de Medicina de Zaragoza. En ambas aficiones llegaría a ser un maestro. Ambas le serían muy útiles durante toda su vida, en su ingente actividad científica.


Tras aquel agradable mes en La Habana, llegada la hora de recibir su destino definitivo en la isla, pero como nuestro hombre era tan "cajaliano" -si se me permite la expresión- no presentó las cartas de recomendación que con tanto empeño le había conseguido su padre, cosa que sí habían hecho la mayoría de sus compañeros, por no decir todos. El resultado es que obtuvo el peor destino posible, el Hospital de Campaña de "Vista Hermosa", situado en uno de los ligares más peligrosos de la isla a pesar de su idílico nombre, donde los soldados caían diezmados por el enemigo, pero -más aún- por el paludismo y la disentería. Luego pasó a la enfermería de San Isidro, en la "trocha del Este". Cajal, en poco tiempo, quedó agotado y contagiado de esas enfermedades endémicas. En 1875 regresó a España, todavía enfermo, diagnosticado de "caquexia palúdica grave" y declarado "inutilizado en campaña". Así acabó su corta carrera militar. Aunque, la fatalidad se convertiría en fortuna, porque iniciaría entonces su carrera definitiva, la de investigador, para llegar a ser el científico español por excelencia.


Nada mejor para conocer en profundidad la historia de don Santiago Ramón y Cajal durante esos años a los que nos hemos referido, que leer lo que él mismo dice en los capítulos XXII, XXIII, XXIV y XXV (cada uno de ellos está enlazado en su número correspondiente) de su gran obra autobiográfica Recuerdos de mi vida, de la que disponemos en Internet gracias al Centro Virtual Cervantes.


Para quien quiera, y tenga tiempo para ello, es muy recomendable también ver el capítulo dedicado a esta parte de la biografía cajaliana en aquella gran serie de José María Forqué, Ramón y Cajal: Historia de una voluntad, que Televisión Española emitió en 1982, con un Adolfo Marsillach magistral en el papel protagonista (aunque, lógicamente, es otro actor, cuyo nombre desconozco, quien interpreta al joven Cajal en este capítulo) y Fernando Fernán Gómez como don Justo Ramón y Casasús.


Mañana, 17 de octubre, se cumplirán 77 años del fallecimiento de don Santiago Ramón y Cajal. Sirva esta entrada como modesto recuerdo y homenaje a su persona.

2 de octubre de 2011

La lección de geografía del doctor Trioson


Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). La Leçon de géographie (1803)
Óleo sobre lienzo. 101 x 79 cm.
Musée Girodet. Montargis (Francia)

Si, en la entrada anterior, contemplábamos el retrato del doctor Auenbrugger con su esposa, hoy vemos a otro médico pero, esta vez, con su hijo. La escena no guarda relación alguna con la actividad profesional (y nada sabríamos de ella si no fuera por un símbolo que, entre otros, de otras cosas, el pintor nos deja sutilmente en el cuadro) sino que se desarrolla en la intimidad del ámbito familiar. ¿Acaso hay algo más importante que la familia, si se descarta la salud?


De los protagonistas del cuadro se sabe poco. El doctor Benoît-François Trioson (1735-1815) era médico ("medecin-des-mesdames", leemos en Wikipedia; aunque no se puede asegurar, por ello, que fuera obstetra y ginecólogo) y uno de los ciudadanos más notables de la villa de Montargis, que dista 115 kilómetros de París. Su ideología monárquica, posiblemente, le habría causado algunas dificultades durante los convulsos tiempos de la Revolución Francesa. Con su joven esposa, Marie-Jeanne, lamentablemente fallecida en 1795, y cumplidos ya los 55 años -bastante mayor para la época- había tenido a su único hijo, Benoît-Agnés (1790-1804), en quien se centrarían sus atenciones y sus ilusiones; pero que moría, también, por desgracia, el año después de que se pintara el cuadro. La relación del doctor Trioson con el pintor Anne-Louis Girodet (1767-1824) venía de antiguo. Tanto, que muchos afirman que era hijo natural suyo. Oficialmente, se dice que Trioson era íntimo amigo de los padres de Girodet, quienes le nombraron su tutor. Ambos murieron, con pocos años de diferencia, en 1784 y 1787. Desde entonces, el doctor Trioson se hizo cargo de todo lo concerniente a Girodet, incluyendo su herencia y su formación artística, primero en arquitectura y luego en pintura, llegando a ser uno de los discípulos más destacados de Jacques-Louis David. Tras el fallecimiento del pequeño Benoît-Agnés, el médico adoptó como hijo al pintor, y éste unió a su apellido el de su padre adoptivo, surgiendo así el compuesto Girodet-Trioson.(1)


En cuanto al cuadro que da inicio a esta entrada, titulado La Leçon de géographie y fechado en 1803, se puede decir que es el último de una serie de retratos de la familia del doctor Trioson pintados por Girodet (algunos de ellos los podremos ver después). Una vez más, el artista rinde homenaje a su tutor,cuya profesión se expresa mediante el busto de Hipócrates que aparece al fondo, detrás del médico, con un doble retrato muy representativo del espíritu que Rousseau infundió a la Ilustración. El doctor Trioson, como padre, contribuye activamente a la educación de su hijo. Para complementar su formación, tras haber leído los Comentarios de la Guerra Civil, de Julio César, el libro sobre el que el niño apoya su mano derecha, su padre le muestra en un globo terráqueo el norte de África y ambos señalan hacia el lugar donde Pompeyo fue asesinado. Los accesorios se limitan a lo esencial para resaltar, fundamentalmente, la afectuosa solicitud con la que el padre atiende a su hijo, absorbido por el estudio. Pero, Girodet, era también un apasionado de la pintura flamenca del siglo XVII, y de ésta toma el gusto por el detalle y los símbolos. Símbolos como las uvas o esa mosca, pintada con minuciosidad exquisita, que representan la fugacidad del tiempo y de la vida, como un presagio de la muerte cruel que, en menos de un año, le robaría a Trioson su querido hijo.


El detalle de la mosca se puede apreciar muy bien en el inicio de la excelente página web, que dejo a continuación, del Musée Girodet (no dejen de verla).


Antes de La Leçon de géographie, Girodet ya había retratado a su tutor, al menos, en dos ocasiones:

Anne-Louise Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait de profil du docteur Trioson (1783)
Musée Girodet. Montargis

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait du Docteur Trioson (1790)
Óleo sobre lienzo. 60 x 45 cm.
Musée Girodet. Montargis

Y, al niño, Benoît-Agnés, en otras dos.(2)

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît Agnés Trioson
regardant des figures dans un livre
(1797)
Óleo sobre lienzo. 73 x 59 cm.
Musée Girodet. Montargis

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît-Agnés Trioson étudiand son rudiment (1800)
Óleo sobre lienzo.
Musée du Louvre. París



Contemporáneo de grandes figuras de la Historia de la Medicina, como Desault, Vicq d'Azir o Corvisart, por no citar más que tres nombres ilustres, habitante de esa Francia situada en el primer nivel de la medicina mundial, el doctor Benoît-François Trioson, a quien hemos visto aquí ejerciendo no como médico sino como padre -una labor más difícil todavía- probablemente sería un completo desconocido si no fuera porque un pintor que alcanzaría merecida fama, Anne-Louis Girodet, formó parte importante de su vida: hasta el punto de convertirse en su hijo adoptivo y ser conocido como Girodet-Trioson.


NOTAS
(1) El topónimo "de Roussy", que también encontramos entre los apellidos de Girodet-Trioson, se debe a una finca que heredó de la familia de su madre. Dejó de usarlo durante la Revolución, para volver a añadirlo luego.
(2) Durante algún tiempo se pensó, incluso, que el retrato de una joven mujer, pintado por Girodet, era de Marie-Jeanne, la esposa de Trioson y madre de Benoît-Agnés. Pero fue un error de catalogación de un museo norteamericano; y ahora se cree que se trata de la esposa de otro médico y filósofo sobre quien ya tendremos ocasión de hablar: Cabanis.

21 de septiembre de 2011

Leopold Auenbrugger y su esposa


Leopold Auenbrugger con su esposa Marianne
Pintor austriaco desconocido de la segunda mitad del siglo XVIII
Óleo sobre lienzo
Donazione Putti. Instituto Ortopedico Rizzoli. Bolonia (Italia)
Fotografía de Luca Borghi (abril de 2009)

Pocas veces podremos contemplar un cuadro con el retrato de uno de los grandes nombres de la historia de la medicina acompañado por su esposa. En éste vemos al médico austriaco Leopold Auenbrugger (1722-1809), convenientemente empelucado -como mandaban los cánones de la época- y algo sobrado de carnes -los dos botones desabrochados del chaleco son buena prueba de ello- que muestra satisfecho su libro, el Inventum novum..., abierto de tal modo que pueda leerse la portada sin dificultad. A su lado, Marianne, la orgullosa esposa, apoya la mano derecha sobre el antebrazo contrario de su marido, mientras le ofrece, solícita, una taza de café -café vienés podría ser, por su lugar de residencia- que acaba de servir. La cafetera se encuentra detrás del libro. Sobre la mesa, cálamo y tintero, utensilios indispensables durante los largos años empleados en anotar los resultados de sus observaciones y redactar el libro.


Para saber más sobre la vida y la obra del inventor de la percusión como método exploratorio para el diagnóstico les recomiendo la entrada que le dedica el Profesor Fresquet en su blog historiadelamedicina.org, de donde tomo los siguientes párrafos:


"Entre 1751 y 1758 Auenbrugger trabajó como médico auxiliar en el Hospital Militar Español [de Viena], aunque sólo percibió salario a partir de 1755. En 1757 la emperatriz María Teresa ordenó a la Facultad de Medicina que lo admitiera en calidad de honorario. Después, entre 1758 y 1762 fue médico jefe en [el mismo Hospital], donde adquirió gran experiencia en el diagnóstico de las enfermedades de tórax. Fue en este periodo cuando ideó la percusión de la caja torácica con el fin de conocer el estado de los órganos internos mediante sonidos. Era gran aficionado a la música y estaba acostumbrado a diferenciar distintos tipos de sonido. A lo largo de siete años observó las diferencias de tono provocadas por distintas enfermedades de pulmón y de corazón. A esto añadió, además, la realización de necropsias para corroborar sus hallazgos. También llevó a cabo experimentos inyectando en el cadáver distintas cantidades de líquido y estudiando los sonidos a que daban lugar en la zona.
Sus hallazgos los publicó en Viena en 1761, en el libro Inventum novum ex percussione thoracis humani ut signo abtrusos interni pectoris morbos detegendi, que hoy se considera como un clásico de la historia de la medicina. Se trata de un opúsculo de noventa y cinco páginas, redactado de forma muy sobria. Comienza describiendo reglas de tipo práctico para el ejercicio de la percusión. Ésta deberá efectuarse de forma suave, juntas las puntas de los dedos, a manera de martillo, y cubierto el tórax del enfermo con la camisa o con un pañuelo. El sonido del pecho sano es análogo al de un tambor golpeado a través de un grueso paño de lana. Señala también los límites del sonido pulmonar y menciona, sin ser muy preciso, la matidez cardíaca. Distingue cuatro alteraciones del sonido torácico: 'alto', 'profundo', 'claro' y 'oscuro', aparte de sonitus paene suffocatus o abolición total. Estudia minuciosamente la respectiva presentación de esos cinco signos físicos en las más diversas enfermedades del tórax. Auenbrugger comparó, además, los resultados de la percusión con los que obtenía investigando dos signos más: la movilidad respiratoria de la pared torácica y el frémitus pectoral."(1)


Es probable que Auenbrugger ideara la percusión, como método exploratorio, recordando a su padre, que regentaba un hotel en su Graz natal (la segunda ciudad universitaria más importante de Austria, después de Viena, y cuna de grandes músicos), cuando golpeaba con los dedos los barriles de vino o cerveza para calcular el nivel del líquido que contenían. Pero, sin duda, fueron su inmensa afición musical y -en consecuencia- su "bien educado oído", los que le permitieron estudiar, clasificar y describir los distintos tonos que percibía al percutir la pared torácica. No obstante, a pesar de la buena acogida que tuvo el método entre algunos de sus colegas, la mayoría se mostraron indiferentes o, simplemente, lo ignoraron. En realidad, la percusión no empezó a convertirse en un método de exploración habitual en medicina hasta cerca de cincuenta años después, cuando el francés Jean-Nicolas Corvisart (1755-1821), médico de Napoleón, tradujo y comentó la obra de Auenbrugger en otro libro, publicado en 1808, con el título: Nouvelle méthode pour reconnâitre les maladies internes de la poitrine par la percussion de cette cavité.


Cuenta Pérez Peña que, a finales de los cincuenta o principios de los sesenta, del siglo pasado, cierto profesor encargado de clases prácticas en la Facultad de Medicina de San Carlos, de Madrid, amenizaba sus clases sobre la percusión narrando a los alumnos una anécdota, atribuida al propio Auenbrugger, o tal vez a Corvisart, que decía así:
"Al parecer el inventor de la percusión torácica, Joseph Leopold Auembrugger [...], abandonó una mañana su domicilio, para ir a cumplir sus obligaciones profesionales. Dejó en su casa a su linda y joven esposa. Pero habiendo olvidado alguna cosa que él juzgaba de importancia, se vio obligado a regresar de imprevisto a su domicilio. Llamó a la puerta abriéndole su esposa, la cual se mostraba azarosa, observándose en su semblante cierto nerviosismo y desasosiego. Sin mediar más palabras, Auenbrugger se dirigió a la puerta del armario que se encontraba junto al lecho conyugal, cuya puerta empezó a percutir señalando con un pizarrín, los límites del claro y mate, que él iba detectando. El resultado de tal maestría en el arte de la percusión, fue que en la puerta del armario, quedó dibujada la efigie de un republicano (en el armario escondido) con gorro frigio incluido."(2)


Evidentemente, tal anécdota, no tiene la menor credibilidad, resulta injuriosa, y no tiene más valor que el muy dudoso de ensalzar la habilidad exploratoria de Auenbruguer. Desde luego, en el improbable caso -por lo que sabemos- de que hubiese sido cierta, no iba a ser el médico austríaco, el presunto cornudo, quien la difundiera; y no creo que Corvisart, por muy francés y médico de Napoleón que fuera, tampoco lo hiciera.


De lo que no cabe duda, en cambio, es de que Leopold Auenbrugger era un apasionado de la música. Fue amigo y colaborador de Salieri, conoció a Mozart y tuvo muy buenas relaciones con HaydnAuenbrugger escribió el libreto de una ópera de Salieri: Der Rauchfangkehrer (El deshollinador), estrenada en 1781. YouTube tiene inactivada la inserción del aria de esta ópera de Salieri y Auenbrugger, pero se puede acceder a ella pulsando sobre el siguiente enlace:



Sí podemos insertar, al menos, el vídeo de la obertura; aunque, como es natural, no incluya la letra de nuestro médico músico:



Seguramente, Marianne, la esposa, compartió la afición musical de su marido, y ambos la transmitieron a sus hijas, Marianne (como su madre) y Caterina Franziska. Marianne, a pesar de su temprana muerte (nació el 19 de julio de 1759 y murió el 25 de agosto de 1782) llegó a ser considerada como una gran pianista y compositora. Las dos habían sido discípulas de Salieri y Haydn. Éste último, que las apreciaba mucho, les dedicó una serie de seis sonatas para piano (originalmente para clavicordio o "pianoforte"), la número 20 y las comprendidas entre los números 35 y 39, ambas inclusive, que se conocen precisamente como Sonatas Auenbrugger.

En You Tube, podemos ver y escuchar, por ejemplo, el 2º movimiento, adagio, de la número 38 interpretada por el pianista lituano Kasparas Uinskas:


Personalmente, siento especial predilección por la versión, posiblemente más cercana a la original por el instrumento que emplea y por su particular sensibilidad, de la gran pianista austriaca Ingrid Haebler.


Los melómanos empedernidos pueden escucharlas todas en mp3classicalmusic.


Como le dije en su día, esta entrada está dedicada a la profesora María Dolores del Corral, amiga y autora del blog AB MÚSICA Y MÁS, confiando en que haya sido de su agrado.

BIBLIOGRAFÍA
(1) FRESQUET, J.L. (2006): "Joseph Leopold Auenbrugger (1722-1809)". historiadelamedicina.org Blog. [Disponible en: http://historiadelamedicina.org/blog/2006/11/19/joseph-leopold-auenbrugger-1722-1809/; consultado el 21 de septiembre de 2011].
(2) PÉREZ PEÑA, F. (2005): Los últimos clínicos de San Carlos. Estampas y vivencias de la Facultad de Medicina de San Carlos. Parte Primera (hasta su cierre en octubre de 1965). Madrid, Editorial Vision Net: 84-85. [Disponible en: http://books.google.es/books?id=988bnZz_LpIC&printsec=frontcover&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false; consultado el 21 de septiembre de 2011].


ENLACES DE INTERÉS
CALHEIROS VIANA, R. (2010): "Leopold Auembrugguer - Músico Criador do Revolucionário Método de Examinar os Pacientes Através da Percussao das Cavidades". A Arte da Medicina. [Disponible en:  http://medicineisart.blogspot.com/2010/10/leopold-auenbrugger-deteccao-de-doencas.html; consultado el 21 de septiembre de 2011.]
OLANO, V.A. (1995): "La percusión en medicina". El Tiempo.com. [Disponible en: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-321049; consultado el 21 de septiembre de 2011].

7 de septiembre de 2011

Hipócrates


Busto que representa a Hipócrates de Cos (c. 460 a.C. - c. 370 a.C.)
Museo Pushkin. Moscú

Anciano, calvo, con la barba corta, nariz prominente, y profundas arrugas en la frente debidas, quizás, más a los muchos años de continua reflexión que a la avanzada edad. Así se ha representado tradicionalmente a Hipócrates de Cos. No obstante, cabe señalar que ninguna de las representaciones hasta ahora conocidas del "padre de la medicina" muestra su auténtica apariencia física. Las más antiguas son bustos romanos de los primeros siglos de nuestra era, copia de otros griegos anteriores; pero tampoco contemporáneos suyos. En realidad, es muy poco cuanto se sabe con certeza de él, y en torno a su figura hay tanto o más de mito y leyenda que de verdadera historia.


Sin embargo, los artistas de todos los tiempos parecen haber adoptado el arquetipo para mostrárnoslo. No cuesta reconocer la cara de Hipócrates, por ejemplo, en el siguiente cuadro de Girodet-Trioson (ya comentado en el blog Medicina y Arte), y su semejanza con el busto que encabeza esta entrada.

Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson (1767-1824)
Hippocrate refusant les presents d'Artaxerxés (1792)
Óleo sobre lienzo. 99 x 135 cm.

Lo mismo en el fresco de un desconocido artista bizantino del siglo del siglo XIV, en el que aparece -algo estrábico- mostrando uno de los libros del inmenso Corpus Hippocraticum...
...que en el siguiente grabado, atribuido al gran Rubens, o en las diversas imágenes que nos ofrece la National Library of Medicine.

Pedro Pablo Rubens (1577-1640). Grabado que representa a Hipócrates (1638)

Más extraño se hace verlo con abundante cabellera, cual si fuera cierto político manchego, hoy por hoy presidente del Congreso patrio: imagen paradigmática de los exitosos resultados que se pueden obtener con un buen trasplante capilar. Así aparece Hipócrates en el blog Odisea 2008, de César Ojeda, quien lo toma de una obra de André Thevet titulada: Les vrais pourtraits et vies des hommes illustres grecz, latins et payens (1584). Sin dejar de reconocer la belleza de este grabado, parece anacrónico contemplar aquí al médico griego con un libro abierto en el atril y entregado a la escritura de alguna de sus obras en otro de ellos, se supone que tratando sobre plantas medicinales, por las que se ven sobre la mesa. Libros como esos no existían entonces. Tampoco parece lógico que el instrumental quirúrgico se encuentre en esa misma mesa, pudiendo herirle en el antebrazo o en el codo. Y... ¿qué contendrá la jarra en la que apoya su mano izquierda?

Hipócrates, tal como aparece en la obra de André Thevet
Les vrais pourtraits et vies des hommes illustres grecz, latins et payens (1584)
Imagen tomada del blog Odisea 2008, de César Ojeda


Más raro todavía resulta verlo con un tocado o turbante, al modo oriental, como lo pintan Pieter Lastman y Nicolaes Berchem en sus respectivos cuadros, que reproduzco de nuevo -aunque no sean propiamente retratos- por su belleza e interés. Ya fueron comentados, también, en Medicina y Arte.

Pieter Lastman (1583-1633). Hippocrate rendant visite à Démocrite (1622)
Óleo sobre tabla. 111 x 114 cm.
Le Palais des Beaux-Arts de Lille

Nicolaes Berchem (1620-1683). Hippocrate rendant visite à Démocrite (c. 1650)
Óleo sobre tabla. 67,3 x 81,3 cm.

4 de septiembre de 2011

Alice Hamilton


Alice Hamilton (1893)
Michigan Historical Collections, Bentley Historical Library
Universidad de Michigan

Así era Alice Hamilton (1869-1970) cuando se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Michigan, en 1893. Tenía carita de niña todavía. Pero parece ilusionada, decidida, responsable, tenaz, fuerte en su apariencia frágil. Alcanzaba entonces la primera meta en una larga carrera personal llena de obstáculos que la llevaría, entre otras cosas, a convertirse en una auténtica pionera de la Medicina del Trabajo en los Estados Unidos de América, y la primera persona que impartió docencia sobre la materia en el país, en la Universidad de Harvard. Todo fue más difícil porque era mujer.


Alice Hamilton nació en Nueva York, el 27 de febrero de 1869, pero vivió durante su infancia en Fort Wayne (Indiana) en el seno de una familia acomodada. Era la segunda hija del matrimonio formado por Montgomery y Gertrude Hamilton (ella, de soltera, Gertrude Pond). Tenía tres hermanas más y un hermano pequeño. Todos recibieron una esmerada educación; primero de sus padres y luego en los mejores colegios. Desde la adolescencia, Alice manifestó su deseo de estudiar Medicina, y tuvo que convencer a su padre para poder hacerlo. No es que fuera la primera estudiante de Medicina en los Estados Unidos; pero tampoco había muchas.


Cuando acabó la carrera, a los 24 años de edad, ya sabía que prefería el camino de la investigación y la docencia al ejercicio profesional, prefería el laboratorio a la consulta. No obstante, quiso ampliar su formación clínica haciendo prácticas en el Minneapolis Hospital for Women and Children y en el New England Hospital for Women and Children. En 1895, acompañada por su hermana mayor, Edith (quien, años después gozaría de notable prestigio por sus publicaciones sobre la cultura y la mitología de la Grecia clásica), viajó a Alemania -la cumbre de la medicina mundial en aquella época- con la intención de estudiar bacteriología y anatomía patológica. Se encontró, sin embargo, con que las mujeres alemanas no tenían permitido el acceso a la universidad. Con bastantes dificultades, consiguió que se le autorizara el acceso a algunas clases en las universidades de Munich y Leipzig, pero con la condición de que se hiciera prácticamente "invisible" para no perturbar a profesores y alumnos varones. Al año siguiente regresó a los Estados Unidos y continuó sus estudios de postgrado en la renombrada Universidad John Hopkins, de Baltimore. En 1897 empieza a trabajar como profesora de anatomía patológica en la Facultad de Medicina para mujeres de la Northwestern University y poco tiempo después como microbióloga del Memorial Institute for Infectious Diseases de Chicago (Illinois), donde permanecería hasta 1909.


Desde su llegada a Chicago, la doctora Hamilton va a vivir en la Hull House de Jane Addams, la famosa reformadora social, primera mujer a la que se le concedería el Premio Nobel de la Paz, en 1931. En la Hull House, Hamilton, va a conocer un mundo nuevo que cambiará radicalmente su vida. Entra en contacto con el mundo obrero y los inmigrantes, es decir, con la pobreza, las inhumanas condiciones de vida y los trabajos insalubres, nocivos y peligrosos. Como médico, en la Hull House, imparte clases de Educación para la Salud y crea una clínica para niños pobres que atiende personalmente, y continuaría haciéndolo durante los veintidós años que viviría en la casa. Allí fue donde comenzó su interés por la que entonces se llamó Industrial Medicine y luego Occupational Medicine (Medicina del Trabajo en España). Sus investigaciones se centraron, principalmente, en los daños para la salud ocasionados por los metales, como el plomo, el arsénico, el mercurio o el radio, y diversos compuestos químicos presentes en las fábricas de barnices y pinturas, en la producción de caucho y, más tarde, sobre todo durante la Primera Guerra Mundial, en las fábricas de municiones y explosivos. De dichas investigaciones surgieron un elevado número de publicaciones y sus dos libros más importantes sobre la materia: Industrial Poissons in the United States (1925) e Industrial Toxicology (1934).


Si, antes de Alice Hamilton, los estudios sobre enfermedades profesionales en los Estados Unidos de América eran muy escasos, la legislación social para la protección de la salud de los trabajadores -al contrario de lo que ocurría en muchos países de Europa, entre ellos España- era inexistente. Pero, en 1911, el gobernador de Illinois la contrató para dirigir los estudios científicos de la recién creada Comisión para el Estudio de las Enfermedades Profesionales, gracias a la cual se promulgaron las primeras normas legales sobre la materia en ese estado. Posteriormente, durante una década -y sin sueldo- realizó la misma labor para el Gobierno Federal.


En 1919, la Universidad de Harvard la contrató como profesora del Departamento de Medicina Industrial que acababa de constituir. La noticia parecía tan extraordinaria que los periódicos de la época, como el New York Times, se hicieron eco de ella. Era la primera mujer que contrataba esa Universidad para impartir clase a sus alumnos que, todavía, eran todos varones. No es que Harvard se volviera feminista de repente; simplemente, es que la doctora Hamilton era la mejor especialista. De hecho, se le contrató dejándole claras tres prohibiciones: no podía participar en las ceremonias de la Universidad, no tenía permitido el acceso al "Club" de la Facultad, y no tenía derecho a entradas para los partidos de fútbol americano.


De aquel tiempo, cumplida ya la cincuentena, es una de las fotografías más difundidas de la doctora Hamilton, la que puede verse a continuación.

Fotografía con autógrafo de Alice Hamilton, en torno a los 50 años de edad
National Library of Medicine, Images from de History of Medicine, B014009



La misma que utilizaría el Servicio de Correos norteamericano para el sello que emitió en su honor, en 1995.



En verdad su mirada no había cambiado mucho en casi treinta años... Pero, echo en falta, en esta fotografía, la luminosa ilusión que he creído ver en sus ojos en la foto de la graduación. La mirada parece ahora más apagada. ¿Cansada? ¿Decepcionada? Quizás sea sólo una apreciación mía injustificada...


Lo cierto es que, durante su etapa de profesora en Harvard, ya recibía premios y honores, y fue nombrada para representar a su país en diversos organismos internacionales relacionados con la seguridad y la salud en el trabajo. Desde 1924 hasta 1930 fue la única mujer participante en el Comité de Salud de la Liga de Naciones, representando a los Estados Unidos. En aquel mismo año, 1924, pasó seis semanas invitada por los dirigentes de la Unión Soviética, que entonces parecía ser la más avanzada en estos temas, para conocer las medidas tomadas para la protección de la salud de los trabajadores.


En 1935, al cumplir los 65 años de edad, se jubila en la Universidad, ocupando el mismo puesto de profesora asociada en el que había empezado. Nunca ascendió. Pero tampoco cesó nunca en sus múltiples actividades. Siguió colaborando como asesora del gobierno norteamericano. Publicó su autobiografía, Exploring the Dangerous Trades, en 1943. En 1944, su nombre ya figuraba en la lista de "Men of Science"... Y continuó en su lucha personal en favor de la justicia social y el pacifismo.


Ya con ochenta años cumplidos, como la vemos en la siguiente fotografía, le gustaba pintar y cuidar el jardín en su casa de Hadlyme (Conneticut); donde -se dice- el FBI la tenía vigilada por "subversiva", a causa de sus manifestaciones contra la guerra de Vietnam.

Alice Hamilton en su casa de Hadlyme (Conneticut), 1957
The Schlesinger Library, Radcliffe Institute, Harvard University



Alice Hamilton falleció con 101 años, el 22 de septiembre de 1970, tres meses antes de que se promulgara la primera ley federal sobre Seguridad y Salud en el Trabajo en los Estados Unidos. No había pasado mucho tiempo desde que dijo: "Para mí, la satisfacción es que las cosas están mejor ahora, y yo he tenido algo que ver con ello".


Sobre la doctora Hamilton se puede encontrar amplia información en Internet. Se habla de ella en las páginas de varios organismos oficiales, como la titulada Changing the face of Medicine, de la National Library of Medicine (NLM) o la del National Institute for Occupational Safety and Health (NIOSH), publicada por los Centers for Disease Control (CDC). Aparece en varias páginas dedicadas a mujeres famosas como la Conneticut Women's Hall of Fame, o The Safety and Health Hall of Fame International. Especialmente recomendable me parece lo publicado por la American Chemical Society (ACS) "Alice Hamilton and the Development of Occupational Medicine". En español, la principal referencia la encontramos en el blog historiadelamedicina.org, del Profesor Fresquet (2006): "Alice Hamilton (1869-1970) y las enfermedades laborales".


El NIOSH también publicó, en 1988, el siguiente vídeo con el que finaliza este merecido recuerdo a una de las pioneras de la Medicina del Trabajo y la Salud Laboral: Alice Hamilton.


27 de agosto de 2011

Alphonse Leroy


Jacques-Louis David (1748-1825). Retrato del doctor Alphonse Leroy (1783)
Óleo sobre lienzo. 72 x 91 cm.
Musée Fabre. Montpellier (Francia)

A principios del pasado mes de julio, cuando acabábamos una de nuestras intensas reuniones de evaluación de exámenes, le pedí a mi amigo Juan V. Fernández de la Gala que me permitiera "transcribir" (dicho así suena mucho mejor que "copiar") una de sus entradas en KIRCHER LANDSCAPE: la que trata sobre el retrato que Jacques-Louis David (1748-1825) le hizo al doctor Alphonse Leroy (c.1742-1816). Quería incluirla en mi blog Medicina y Arte. Él amablemente aceptó. Pero la publicación del profesor Fernández de la Gala me parece tan extraordinaria que ha dado pie a que haga realidad un proyecto que venía meditando desde antes: crear un nuevo blog dedicado específicamente a comentar retratos de médicos... Y no se me ocurre mejor modo de iniciarlo que con la siguiente lección magistral. Gracias Juan.


"El cuadro salió de la mano hábil de Jacques-Louis David hacia 1783. La humanidad del doctor Alphonse Leroy, el ginecólogo que atendió el nacimiento del hijo del pintor, llena de tonos cálidos el cuadro. Así que no sólo estamos ante un retrato, sino también ante el testimonio de un padre agradecido al médico que atendió a Madame David en el parto. 
La textura de la seda y sus brillos en el batín que viste el ginecólogo están magníficamente logrados. Una vestimenta informal, por la que asoman, elegantes, los lazos y puñetas de la camisa. No lleva la habitual peluca empolvada, sino un exótico turbante, con los mismos tonos del tapiz que cubre la mesa. Dominan los rojizos, los blancos y los azules: los colores de la República Francesa. No en vano David fue amigo personal de Robespierre. 
Intuimos el rango social y el prestigio del personaje retratado, pero también el comedido ascetismo en el mobiliario y la desnudez de ornamentos de alguien que ha entregado su vida a la ciencia. Lo imaginamos habituado a trasnochar, no sabemos si por los ritmos que impone la vida social, los avisos de partos imprevistos o el insomnio creativo de alguien como él, acostumbrado a reflexionar en muchas duermevelas. 
A su lado, un quinqué lleno de aceite, pero extrañamente apagado, quizá porque, tras una noche de trabajo, la luz del nuevo día empieza a insinuarse ya en las ventanas. El trazo de sombra rectilíneo sobre el papel, el rostro y el turbante iluminados, nos permiten adivinar incluso la posición de esa ventana, algo alta, delante de su mesa, casi como si nosotros alcanzásemos la estancia. Su brazo izquierdo se apoya seguro en un libro de Hipócrates: Morbi Mulierum (Las Enfermedades de las Mujeres) en el que vemos incluso asomar un registro de lectura, improvisado con una tira de papel cortada a mano. 
Su mano derecha suspende la pluma de ave que acaba de sumergir en el tintero. Ante él, un pliego de papel recoge sus reflexiones en la última madrugada, brevemente detenidas en una pausa mientras nos mira. Nos queda, sin embargo, el convencimiento de que Leroy volverá a retomar la escritura interrumpida si nos quedamos un momento en silencio. Estaba preparando entonces su libro La Médecine Maternelle (1803) y los pinceles de Louis David lo han inmortalizado para siempre en ese empeño. Guardemos silencio, querido lector, y dejémosle seguir en su tarea."


Respetando el silencio que rogaba el doctor Fernández de la Gala, apenas roto por el tecleo del ordenador, algunos comentarios vinieron a enriquecer su hermoso discurso. Así, nuestro común amigo, el doctor José Manuel Brea, señalaba la ausencia de la mano izquierda en el retrato; a lo que la doctora Laura Munoa respondía, aportando un texto tomado de la documentación que ofrece el propio Museo Fabre: "Alphonse Leroy avait perdu un bras à la suite d'une piqure [sic] anatomique. David disposa habilement une manche qui laisse croire à la présence du bras manquant." Es decir, que el médico había perdido ese brazo, probablemente amputado, a causa de la grave infección sufrida por un "pinchazo" en el curso de su ejercicio profesional... Y el pintor lo disimulaba en su composición de la escena. Exquisita delicadeza, la que mostró David, y admirable la profesionalidad de Leroy -como apostillaba Fernández de la Gala- porque ¡qué difícil debe ser ejercer para un obstetra manco!


Todo ello se puede leer íntegramente, en su versión original, en el enlace a la entrada que publicó Juan V. Fernández de la Gala, el pasado 20 de febrero, con el sugestivo título de "Trasnoche".


Hoy, 27 de agosto de 2011, mi padre hubiera cumplido 80 años. A él le dedico este blog.



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