21 de diciembre de 2012

El oculista Forlenze


Jacques-Antoine Vallin (c.1760-c.1835). Joseph Forlenze (1807)
Óleo sobre lienzo. 209,6 x 128,3 cm.
The National Gallery. London

Nada hace pensar, al mirar este cuadro, que pueda tener relación con la medicina. Sin embargo, estamos ante el retrato de un destacado cirujano de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Un cirujano a quien se puede considerar ya un auténtico especialista en oftalmología, uno de los pioneros de la especialidad: Joseph Forlenze. Quiero imaginar -imaginar tan solo, porque seguramente nunca podremos tener certeza de ello- que el hermoso paisaje, con el humeante Vesubio y el faro visto desde el Molo, el puerto de Nápoles, no sólo hace alusión a la tierra natal del oculista, sino que expresa además el beneficio que se obtiene tras la operación de cataratas -en la que era experto- al volver a disfrutar nítidamente de las maravillas que el mundo ofrece a la vista, y que la rosa que lleva en su mano derecha sería el símbolo de la delicadeza con la que Forlenze llevaba a cabo dicha operación.

En el pequeño municipio de Picerno, en la Basilicata, el 3 de febrero de 1757, cuando todavía esta región del sur de Italia formaba parte del Reino de Nápoles (y, por tanto, de la Corona española, siendo rey de Nápoles Carlos VII -Carlo di Borbone se le suele llamar allí- el mismo que, a partir de 1759, reinaría en España como Carlos III), nacía Giuseppe Nicolò Leonardo Biagio Forlenza, hijo y sobrino de cirujanos-barberos. Giuseppe inició sus estudios de cirugía en Nápoles; pero luego se trasladó a Francia para ampliar su formación, y en ese país ejercería como cirujano la mayor parte de su vida, hasta su fallecimiento en París, el 22 de julio de 1833, con 76 años de edad. Por eso se le conoce habitualmente con su nombre en francés y así le llamaremos: Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

En París, Forlenze fue discípulo del más importante cirujano francés de la época, Pierre-Joseph Desault, de quien llegó a ser íntimo amigo y colaborador en sus estudios anatómicos. Luego se trasladó a Inglaterra, donde pasó dos años más formándose en el St George's Hospital, de Londres, que dirigía otro famoso cirujano: John Hunter. Viajó también a Holanda y Alemania para aumentar aún más su formación. Y ya de vuelta en Francia se estableció en París, ejerciendo como oftalmólogo. En 1798 operaba en el Hôtel National des Invalides y en el hospital más renombrado de París, el Hôtel Dieu. Operó a ilustres personalidades, como Jean-Étienne-Marie Portalis, célebre jurista que intervino activamente en la vida política francesa, tanto en tiempos de la Revolución como de Napoleón, o el poeta Ponce-Denis Écouchard-Lebrun, a quien devolvió la vista en uno de sus ojos cegado por la catarata desde hacía doce años y quien, como corresponde a su oficio, obsequió al oculista con una oda titulada Les conquêtes de l'homme sur la nature, en la que se pueden leer los siguientes versos:

"O lyre, ne sois pas ingrate!
Qu'um doux nom dans nos vers éclate
Brillant comme l'astre des cieux!
Je revois sa clarté première;
Chante l'art qui rend la lumière;
Forlenze a dévoilé mes yeux."

Aunque no sólo atendió a las celebridades, lógicamente. Forlenze trató en París a un buen número soldados, de los que regresaron tras la campaña de Napoleón en Egipto, que habían sufrido graves enfermedades oculares, como ya hemos comentado en este blog cuando hablábamos del barón Desgenettes, el médico jefe de aquel ejército.

Por supuesto, Forlenze nunca fue uno de esos cirujanos ambulantes que ofrecían sus servicios de pueblo en pueblo, y tantas veces tenían que salir huyendo al galope por culpa de los resultados de sus intervenciones. Él tenía su prestigiosa consulta en París; lo cual no fue óbice para que, en ocasiones, fuera llamado desde el extranjero para operar, por ejemplo, al cardenal Doria. Carolina de Borbón, duquesa de Berry, italiana como él, esposa y muy pronto viuda del delfín de Francia, una mujer de interesante vida, muy bella, y posiblemente con una afectación de la vista desde su nacimiento que trataba Forlenze, hablaba maravillas del médico.

Buena prueba de su categoría profesional son sus publicaciones, entre las que destacan Considérations sus l'operatión de la pupille artificielle (1805) y Notice sur le développement de la lumière et des sensations dans les aveugles-nés, à la suite de l'operation de la cataracte (1817).

Todo esto ocurría en la Francia que, por méritos propios, ocupaba el primer puesto de la medicina mundial. Era la época de Bichat y Laënnec o Corvisart, que llevarían a la profesión a la senda de nuestra medicina científica actual... la época de grandes cirujanos, como Desault, Dupuytren o Larrey, capaces de realizar operaciones impensables cuando todavía ni la anestesia, ni la asepsia, ni el control de la hemorragia se aplicaban en cirugía. Y Francia, la inteligente Francia, no sólo honró al oculista italiano que el pintor Vallin retrató a los pies del Vesubio, en recuerdo de sus orígenes, concediéndole la Legión de Honor, nombrándole Caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge, sino que lo hizo uno de los suyos, haciendo que Giussppe Nicoló Leonardo Biagio Forlenza haya pasado a la historia como Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

Por la misma época, atravesando la Revolución, el Imperio y la Restauración, otro italiano de nacimiento llegaría a convertirse en uno de los principales músicos de Francia: Luigi Cherubini. Con su Himno a la Victoria acabamos hoy.



4 comentarios:

  1. Me encanta aprender, ya sabe. Y con Ud. y sus blogs siempre aprendo. Pensar que hoy en día la operaciòn de cataratas es como sacarse una muela, al menos en Chile no hay viejo/a al que no operen o no le digan que es necesario operarse. Yo, sin duda, serè una viejuja cegatona pues he sido miope desde siempre y día a día avanza... a propòsito de genética... igual a mi padre. Podrìa aparecer un Forlenze que a esta damisela de interesante vida (jee) le operara la miopìa a cambio de alguna transacción no monetaria, jeeeee.
    Muacssss ( presentes y ausentes)

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    1. Antes que nada, mi queridísima Eva, me apropio de esos encantadores besos suyos (como bien dice, "presentes y ausentes") porque son alimento de mi alma...
      Me honra usted al decir que aprende en mis blogs... un inmerecido elogio, desde luego, pero que me llena de orgullo viniendo de una renombrada especialista en Historia y Teoría del Arte, a la que considero un referente en mi modesta afición artística y de la que yo si que aprendo.
      Respecto a lo de las cataratas y la vejez, ahora que no nos escucha nadie, le voy a confesar un secreto... Cuando redactaba esta entrada sobre Forlenze todavía no me había dado cuenta; pero poco después, es decir, en estos últimos días, noté una súbita y repentina pérdida de visión. Consulté a un oftalmólogo amigo y confirmó mis temores: sufro cataratas... Un tipo de cataratas que afecta a personas jóvenes (como usted bien sabe que soy) y no tengo más remedio que operarme, en breve, si no quiero perder la vista del todo. Así que éste, su servidor, de vida no tan interesante como la suya y sin la menor posibilidad de "transacción" con los especialistas correspondientes, se operará siguiendo los cauces habituales.
      Por lo que a usted se refiere, mi bella e interesante amiga, estoy seguro de que no tendría dificultad alguna para dicha "transacción": son múltiples las cualidades la adornan y, por tanto, no le faltarán sucesores de Forlenze (con más medios y conocimientos que él) para operar lo que haya que operar ;).
      Y, si empecé con besos, acabo también con ellos, serpentinos -como siempre- y a millares...
      ¡Eres un cielo Eva!
      P.D.: Miopía aparte, reafirmo lo ya dicho en anteriores ocasiones... ¡Qué buena genética, amiga!

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  2. Como siempre, doctor Doña, un muy cuidadoso estudio del tema lleno de erudición y amenidad.
    ¡Felicidades!

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    1. Y, como siempre, mi querido José Julio, mi gratitud por tus siempre amables y estimulantes comentarios... Con ella va también el testimonio de mi cada vez mayor admiración por tu persona y tu obra, y el más afectuoso abrazo.

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