22 de enero de 2013

Retrato del Dr. Haustein, de Christian Schad


Christian Schad (1894-1982). Retrato del Dr. Haustein (1928)
Óleo sobre lienzo, 80,5 x 55 cm.
(C) Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Al contemplar este retrato se entrecruzan ante nosotros las historias de dos hombres, un médico y un pintor, a los que les tocó vivir en la convulsa Alemania del primer tercio del siglo XX, para seguir su destino de acuerdo con el aforismo orteguiano, en función de sus circunstancias. Pero no seré yo quien comente el cuadro en esta ocasión. Cedo la palabra a quienes lo han hecho antes y, seguramente, mejor.

En primer lugar transcribo, en su mayor parte, un artículo de Rocío Segura Rodríguez, publicado en Dame, la página web de la Asociación Española de Mujeres Dermatólogas:

"Pudiera parecer que he elegido este cuadro con toda la intención. Y es cierto que intención ha habido...
Pues sí, por un día abandono el museo del Prado y dirijo mis pasos unos cuantos metros más allá, al museo Thyssen, para contemplar esta obra maravillosa por el gesto, por su misterio, por su época, por lo que no muestra: Retrato de Dr. Haustein (1928), médico dermatólogo-venerólogo alemán, y lo que tal vez debería ser menos importante, judío.
Este cuadro sobrecoge. La mirada tranquila y serena del protagonista se oscurece con una sombra rara, algo tenebrosa, tétrica, parecida a la del conde Orlok de la película Nosferatu de Murnau (1922) y, quién sabe, puede que ese famoso fotograma influyera de alguna manera en Christian Schad a la hora de realizar este retrato.
El miedo se palpa en el lienzo, no en el Dr. Haustein. Se palpa, en la sombra, en lo que la sombra anuncia y que más tarde se haría realidad, la muerte.
Contemplo su rostro y me olvido de todo lo que le rodea. Su rostro me ofrece confianza, serenidad, seguridad, todo aquello que los pacientes buscamos cuando temerosos nos acercamos a un médico pidiendo, a veces exigiendo, la solución a aquéllo que nos aqueja. Realmente parece un buen médico. Y sólo él, sin lo demás nos dice mucho de su carácter.
Dicen de Schad que fue el artista menos político del movimiento de la Nueva Objetividad. Sin embargo en este cuadro Schad fue también tremendamente político, tal vez sin quererlo, sin llegar a ser consciente de todo lo que esa sombra presagiaba no sólo sobre el Dr. Haustein, sino también sobre toda Alemania.
También dicen de él que fue el artista que "más carga psicológica aplicó a sus obras" [...]. La piel y la mente. La piel representada por un dermatólogo, y la piel del lienzo que dibuja su lesión, su patología, en la sombra: lesión de un mal que iba arraigando en una sociedad cada vez más enferma.
Es posible que lo menos importante sea saber de quien es esa sombra -de hecho se sabe; una modelo profesional amante del Dr. Haustein- Lo más importante es la sensación de intranquilidad que crea alrededor del retratado, el miedo que imprime al cuadro.
El lienzo es la piel donde se plasma una realidad, soñada o vivida. Es la piel que nos habla de un momento, una persona, un paisaje, un sueño. Y como tal la piel del lienzo nos habla de la salud y de la enfermedad, unas veces de manera directa, otras como una sospecha, como una sombra.
Y este cuadro, este lienzo no nos habla de sífilis (el Dr. Haustein era un reconocido venereólogo) ni de los terribles efectos que sobre el cuerpo tiene. Tampoco nos habla de sarna, ni de lepra, ni de ninguna otra enfermedad visible por su impresión sobre la piel del enfermo. Nos habla de estos otros efectos que sobre la mente tienen ciertas enfermedades, en este caso, sobre las mentes de una sociedad enferma.
El Dr. Haustein se suicidó años después de que se le realizara este retrato cuando supo que la Gestapo iba a detenerlo".

Se puede acceder al texto completo de Rocío Segura Rodríguez pulsando sobre el siguiente enlace: Asociación Española de Mujeres Dermatólogas. Y las palabras de Rocío Segura nos llevan a la magnífica web del Área de Educación del Museo Thyssen-Bornemisza, Educathyssen, cuyo capítulo sobre este cuadro comienza así:


"Un hombre sentado, con las manos enlazadas, posa para el pintor que le hace el retrato. Bien trajeado, sus finas manos sugieren que se trata de un hombre refinado, de clase acomodada. Sin embargo, salvo por el objeto quirúrgico (cureta o cuchillo curvo utilizado en dermatología y otras especialidades) que deja ver parcialmente en su brazo, en el lugar donde se encuentra no hay algún otro detalle que permita completar su personalidad o profesión, ni siquiera vemos los brazos de la butaca donde seguramente apoya los codos. Retiene especialmente nuestra atención la intensidad de su mirada, sus enormes ojos negros y la sombra -que no es la suya- que se proyecta sobre el fondo, a su espalda. Sabemos que el retratado es el Dr. Haustein, un prestigioso dermatólogo especializado en enfermedades venéreas en cuya casa berlinesa se celebraban concurridas y animadas reuniones literarias y políticas, organizadas por su esposa Friedel. Son los años de entreguerras, cuando Alemania estaba regida por la República de Weimar y Berlín era una ciudad activa y liberal con una intensa vida nocturna en sus bulliciosos cabarets. La llegada al poder del partido nacionalsocialista en 1933 puso fin a ese periodo histórico. En ese mismo año, el doctor Haustein, de origen judío, acabaría ingiriendo veneno para evitar su detención por la Gestapo."

Es muy recomendable continuar leyendo este artículo de la página educativa del Museo Thyssen-Bornemisza -tan interesante como minucioso- sobre todo por cuanto dice sobre la biografía del pintor y las particularidades de su obra. Se puede acceder directamente al mismo pulsando sobre el enlace que dejo a continuación: Christian Schad en Educathyssen.

Seguramente, Christian Schad, no era consciente entonces de lo premonitoria que podía resultar esa fantasmagórica sombra que parece acechar al Dr. Houstein; no sólo para el médico -que se suicidaría cinco años después de que se pintara el cuadro, para evitar lo que le esperaba si le detenía la Gestapo- sino para el destino de toda Europa. Al fin y al cabo, no era otra cosa que la sombra de Sonja, la amante de Haustein, fumando un cigarrillo...

Durante todo el tiempo que he estado redactando esta entrada, resuena en mis oídos Lilí Marleen, la canción  alemana a la que puso música el compositor Norbert Schultze, en 1937, basándose en unos versos que había escrito el soldado Hans Leip, en 1915, mientras estaba destinado en el frente ruso durante la Primera Guerra Mundial. Lilí Marleen nació en Alemania pero la cantaron todos los ejércitos. No es una canción de guerra, sino de amor, y por tanto de paz.

2 comentarios:

  1. Vine hasta aquí porque me gusta aprender, y no me equivoqué al hacerlo.
    Gracias, Paco.
    Un abrazo.

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    Respuestas
    1. Sólo las personas verdaderamente grandes son tan humildes y generosas.
      Gracias Laura, querida amiga. Me honra tu presencia y me enorgullece tu amistad.
      Otro abrazo, el más afectuoso, para ti.

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