21 de agosto de 2012

Robert, el otro Darwin


Walter William Ouless (1848-1933). Robert W. Darwin (1766-1848),
Charles Darwin's Father

Óleo sobre lienzo. 97,5 x 78,8 cm.
Shrewsbury Museum and Art Gallery

Su padre llegó a ser bastante famoso en su época. Médico, filósofo natural y poeta -entre otras cosas- Erasmus Darwin (1731-1802) era un hombre de intereses y conocimientos diversos que, incluso, se anticiparía  a su célebre nieto en el planteamiento de las teorías evolucionistas. El nieto de Erasmus fue más famoso todavía que su abuelo y lo sigue siendo, tanto que Charles Darwin (1809-1882) no necesita presentación. Sin embargo, al contrario que su padre y que su ilustre hijo, Robert Darwin (1766-1848) llevó una existencia tan "normal" que, posiblemente, la historia se habría olvidado de él si no fuere por su padre y, sobre todo, por su hijo.

No es mucho lo que se puede decir de Robert Darwin: que por deseo de su padre estudió Medicina en la Universidad de Edimburgo; que amplió su formación, también por decisión paterna en la prestigiosa Universidad de Leiden, en Holanda; y que de regreso a Inglaterra ejerció con éxito su profesión en la apacible ciudad de Shrewsbury, cerca de Gales; aunque ya desde muy joven, con fecha 21 de febrero de 1788, había sido elegido miembro de la Royal Society de Londres.


Respecto a la relación con su hijo Charles, se sabe que -como corresponde a un buen padre- se opuso públicamente a que se embarcara en la aventura del Beagle; aunque finalmente le convencieron para que diera su consentimiento.

Curiosamente, lo que no suele faltar en las escasas referencias biográficas de Robert Darwin son las anécdotas relativas a su gran corpulencia física, la cual se puede apreciar en este retrato. Dicen que pesaba más de ciento cincuenta kilos, que solía pedir a su cochero que probara los tablones de las casas que visitaba por motivos profesionales, o que se había hecho construir una escalera de piedra, en su propio domicilio, para poder subir con más comodidad al carruaje.

Precisamente, buscando información sobre Charles Darwin encontré esta imagen de Robert, su padre, y con ella surgió el deseo de dedicarle un sencillo recuerdo a este otro Darwin; de quien quizás nunca hubiéramos hablado por ser médico, sino por ser el hijo de Erasmus y el padre de Charles...


*La primera versión de esta entrada se publicó en el blog Medicina, Historia y Arte el 14 de agosto de 2012.

4 comentarios:

  1. Grades pinturas como siempre, doctor Doña, y muy cuidados, interesantes y excelentes textos.
    Mis felicidades por todo ello.
    Un abrazo

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    1. Una vez más: muchas gracias por tu amable atención, José Julio.
      Durante los últimos meses no he podido dedicarle a los blogs el tiempo que me gustaría. Lamento, sobre todo, estar en deuda con "MI SIGLO"... Pero confío en que, llegado septiembre, se normalicen mis actividades y entonces disfrutar retrospectivamente de lo mucho bueno que, sin duda, nos habrás dejado en sus páginas.
      Mientras tanto, con mi agradecimiento por este nuevo y apreciado comentario, recibe también el más afectuoso abrazo.

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  2. Es frecuente que los grandes genios mamen sus carreras desde la niñez pues sus padres y sus abuelos ya pertenecían al mismo gremio. El caso de Darwin es un más de tantos que añadir al listado. El cuadro es totalmente fiel al modelo, al menos en corpulencia.
    Saludos

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    1. Por supuesto, Carmen, es frecuente seguir la tradición familiar, y parece que en determinadas profesiones más... Charles Darwin inició los estudios de Medicina, aunque los abandonó para dedicarse por entero a su pasión por las ciencias naturales. Ya su abuelo Erasmus había sido muy aficionado a ellas, pero falleció siete años antes del nacimiento de Charles, así que no pudieron compartir esa afición juntos.
      En cuanto al "corpulento" Robert, no hay más que ver su retrato... No he profundizado en el tema, y con tantos proyectos como tengo en la cabeza no creo que lo haga; pero me gustaría saber cómo fueron las relaciones entre padre e hijo. Por algún sitio he leído que no fueron todo lo buenas que deberían haber sido.
      Muchas gracias por tu comentario, querida Carmen, y un millón de darwinianos besos para ti.

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